Cartografiar la intimidad: de los condones a los tampones y de la política de los baños.
Inequidades espaciales en el acceso a derechos sexuales y reproductivos a partir de datos colaborativos
Selene Yang[1]i
Abstract (Español):
El presente artículo analiza la espacialización de los derechos sexuales y reproductivos mediante cartografías digitales colaborativas, con el objetivo de evidenciar cómo las infraestructuras urbanas perpetúan desigualdades de género y de corporalidad. La visualización en plataformas como OpenStreetMap permite identificar brechas en la cobertura y la accesibilidad, así como áreas prioritarias de intervención. Además, revela la relación entre la masculinización de los espacios y las “geometrías del poder” descritas por Doreen Massey (2005). Un ejemplo central es la distribución de máquinas expendedoras: los preservativos suelen ubicarse en baños “masculinos” y los productos de higiene menstrual en baños “femeninos”. Esta organización espacial reproduce un binarismo excluyente y, además, invisibiliza las necesidades de cuerpos gestantes, de hombres trans y de personas no binarias. Por lo tanto, la infraestructura funciona como un dispositivo discriminatorio y excluyente. Asimismo, la creación de datos puede conceptualizarse como una constelación de experiencias en la que los sujetos participan en la comprensión de significados, de infraestructuras tecnológicas y de las competencias necesarias para estas prácticas (Fotopoulou, 2019). Considerar los datos como prácticas, en lugar de objetos, permite evidenciar cómo se corporizan en subjetividades y afectos, mediando relaciones de poder y opresión y, al mismo tiempo, posibilitando prácticas de cuidado. Desde una perspectiva crítica, estas cartografías adquieren un carácter performativo, ya que irrumpen en realidades, desnaturalizan prácticas y generan condiciones para imaginar nuevos espacios posibles. Como afirman Albet y Benach (2012), “poner al descubierto esta geografía, con el alzamiento de voces localizadas fuera del foro aceptado de la modernidad, ha ayudado también a descubrir y a quebrantar la relación poder/conocimiento”
Abstract (English):
This article analyzes the spatialization of sexual and reproductive rights through collaborative digital cartographies, with the aim of demonstrating how urban infrastructures perpetuate gender and corporeal inequalities. Visualization on platforms such as OpenStreetMap enables the identification of gaps in coverage and accessibility, as well as priority areas for intervention. Furthermore, the article reveals the relationship between the masculinization of spaces and the “geometries of power” described by Doreen Massey (2005). A central example is the distribution of vending machines: condoms tend to be located in “male” bathrooms and menstrual hygiene products in “female” bathrooms. This spatial organization reproduces an exclusionary binarism and, moreover, makes invisible the needs of gestating bodies, trans men, and non-binary people. Consequently, infrastructure functions as a discriminatory and exclusionary apparatus. Likewise, the creation of data can be conceptualized as a constellation of experiences in which subjects participate in the construction of meanings, technological infrastructures, and the competencies required for these practices (Fotopoulou, 2019). Approaching data as practices, rather than as objects, allows us to make visible how they become embodied in subjectivities and affects, mediating relations of power and oppression while, at the same time, enabling practices of care. From a critical perspective, these cartographies acquire a performative character, as they intervene in realities, challenge naturalized practices, and generate conditions for imagining new possible spaces. As Albet and Benach (2012) assert, “uncovering this geography, through the raising of voices located outside the accepted forum of modernity, has also helped to discover and to rupture the power/knowledge relationship”
Keywords: Sexual rights, Cartography, Feminism, Geospatial data, Technology
Introducción
¿Cómo considerar los derechos sexuales y reproductivos desde una perspectiva espacial? Es clave pensarlos como garantías legales del sistema de salud, a disposición de la ciudadanía en general. Sin embargo, esa disposición se ve atravesada espacialmente, manifestándose en desigualdades tanto en el acceso físico a los servicios como en la disponibilidad efectiva de la infraestructura y los insumos necesarios.
Los derechos sexuales y reproductivos comprenden el conjunto de garantías orientadas a la autonomía corporal, el acceso a servicios de salud sexual y reproductiva, la libertad de decisión sobre la reproducción y la protección frente a la violencia y la coerción sexual (UNFPA, 2014). Desde una perspectiva feminista crítica, su ejercicio está atravesado por condiciones materiales, territoriales e interseccionales; estas condiciones varían según quién accede a ellos y desde qué posición social e histórica lo hace (Gago, 2019; Espinosa Miñoso, 2014).
Este artículo parte de una premisa cotidiana y casi simple, pero busca dialogar con el sentido político del espacio: la salud sexual reproductiva es una práctica espacial, y su acceso, su ejercicio y la posibilidad de autonomía corporal están mediados y, a menudo, restringidos por las infraestructuras urbanas existentes. Son estas infraestructuras, en su diseño, distribución y mantenimiento, las que operan frecuentemente como mecanismos que tienden a determinar la organización de los cuerpos en el espacio y delinean las formas consideradas legítimas de autonomía y cuidado.
Las experiencias de acceso a estas infraestructuras varían según el contexto geográfico, las políticas locales y las prácticas de las comunidades que producen y utilizan estos espacios. El análisis se concentra en los patrones estructurales que se repiten con suficiente consistencia en el corpus de datos como para constituir un fenómeno de estudio, sin pretender describir con ello una exclusión homogénea ni universal (Valentine, 2007).
A partir de esta premisa, busco analizar las cartografías digitales colaborativas; específicamente, este texto se centra en los datos georreferenciados disponibles en OpenStreetMap (OSM). El objetivo es desvelar cómo la distribución espacial actual de equipamientos e infraestructura asociados a los derechos sexuales y reproductivos, y en particular, elementos tan concretos como las máquinas expendedoras de condones (preservativos para personas con pene) y de productos de higiene menstrual (para personas con útero), así como los cambiadores de pañales, contribuye activamente a la reproducción y perpetuación de roles, estereotipos y profundas desigualdades de género y cuerpo en el espacio. Esta distribución se analiza tanto en el ámbito público (por ejemplo, en la ubicación y las características de los baños públicos) como en el ámbito privado o semipúblico (como comercios o establecimientos).
El concepto de geometrías del poder, propuesto por Doreen Massey (2005), resulta particularmente relevante para analizar los derechos sexuales y reproductivos: no todos los cuerpos se relacionan del mismo modo con el espacio, ni acceden de igual forma a los recursos que hacen posible una vida vivible. Estas divisiones representan las brechas de cobertura y accesibilidad que efectivamente le dan estructura a la vida, asignan valor a ciertos cuerpos y son las que construyen y dan forma material al espacio social, decidiendo quién tiene derecho a cuidarse. La propia Massey entiende el espacio como abierto e indeterminado; las geometrías del poder describen tendencias estructurales y no determinaciones absolutas, lo que preserva la posibilidad de transformación y agencia en los propios espacios analizados. Analizar la espacialidad de los derechos sexuales y reproductivos es un acto político y un ejercicio para revelar las injusticias territoriales inscritas en las prácticas cotidianas.
Espacio y poder desde la intimidad de los baños
Este artículo propone una mirada sobre la distribución espacial del acceso a los derechos sexuales y reproductivos, como los preservativos y las toallas higiénicas, desde una perspectiva feminista de la distribución del espacio. La geografía feminista y, concretamente, la cartografía feminista, dan cuenta de que el espacio no es un monolito ni una fotografía estática y pasiva del territorio, sino que está en constante producción desde prácticas sociales que se ven directamente atravesadas por las relaciones de poder (Lefebvre, 1991; Massey, 2005).
Esta producción espacial y sus formas de representación están intrínsecamente marcadas y atravesadas por relaciones de poder complejas y asimétricas. Es así como el poder se inscribe y emerge en el espacio de múltiples maneras, a partir de la distribución de la infraestructura, la naturaleza y las personas; surge el panóptico territorial que busca normar los cuerpos y sus interacciones en los ámbitos público y privado. Este tipo de fiscalización corporal se da desde la materialidad del uso del espacio. Henri Lefebvre (1991) define el espacio como algo producido, como resultado del movimiento y la ocupación de los cuerpos humanos. Por otro lado, su concepción de lugar responde más a una idea de locación que a una noción de lugar antropológica, sino a una forma espacial asociada a la identidad.
Según la geógrafa Linda McDowell (2000), el espacio, pensado desde su distribución en clave de género, invita a lo masculino a formar parte de la vida pública, de la toma de decisiones, de lo político y del acceso al poder. Mientras que las corporalidades femeninas están atadas a lo privado y a lo dependiente. Eso se refleja en el siguiente cuadro (Tabla 1), donde las variables binarias masculino y femenino, y sus posibles desarrollos sociales, están incuestionablemente atravesados por los espacios a través de los cuales se relacionan.
Masculino | Femenino |
Público | Privado |
Fuera | Dentro |
Trabajo | Casa |
Trabajo | Recreo-Diversión |
Producción | Consumo |
Independencia | Dependencia |
Poder | Falta de poder |
Tabla 1. Distribución espacial de los roles de género (McDowell, 2000)
La infraestructura urbana opera como un dispositivo de normalización, regulando quién puede cuidar su cuerpo, dónde y en qué condiciones. Esta narrativa, desde el control, legitima la pertenencia de ciertos individuos a los lugares y visibiliza o criminaliza sesgadamente aquello que esté fuera de las condiciones impuestas por el status quo. La masculinización del espacio es una de las formas que el poder adopta para ejercer y potenciar el control, desde el acceso a derechos sexuales reproductivos tradicionalmente puestos a disposición de varones en baños públicos a través de máquinas expendedoras, hasta el completo opuesto binario en los baños de mujeres, donde sólo ahí puede accederse a productos de higiene menstrual. Esto refuerza la división de género que existe en el espacio y muestra cómo los lugares no dejan de ser también fuentes de expresión material de estas inequidades espaciales. En estos casos, la intimidad se ve regulada a partir de la distribución del espacio, diseñada para mantener el orden sexual binario e invisibilizar, por ejemplo, las experiencias de cuerpos gestantes transmasculinos. Vale destacar que la reciente adopción de baños de género neutrales da cuenta de un avance en la reducción de las formas de violencia simbólica y corporal contra personas trans y no binarias. No obstante, esta adopción no se da de manera generalizada, especialmente en territorios donde el conservadurismo y el tradicionalismo, centrados en los cuerpos, todavía se oponen a la existencia de estos espacios y corporalidades.
La colonización de la intimidad, como el cuidado menstrual dirigido únicamente a cuerpos feminizados cisgénero y el cuidado sexual en espacios masculinizados, desplaza lo político de las narrativas espaciales (Federici, 2013; Gago, 2019), pues más bien sostiene la imposición de dichas distribuciones regulatorias de las corporalidades dándolas por naturales. La violencia simbólica de estos dispositivos sobre cuerpos disidentes se inscribe en lo que Segato (2016) describe como parte de la guerra contra las mujeres y las disidencias corporales. Desde una crítica descolonial a la epistemología feminista, la distribución de estos espacios se articula con la matriz colonial que organiza los cuerpos y los espacios según jerarquías de raza, clase y género (Espinosa Miñoso, 2014). El entramado histórico alrededor de cómo y quiénes pueden habitar ciertos espacios remite materialmente a la disponibilidad de infraestructuras de cuidado sexual y menstrual, pero este entramado no contempla los usos y apropiaciones del espacio por parte de otras identidades que no sean las naturalmente dadas o socialmente aceptadas.
Mapas y datos abiertos que dan a baños cerrados
A partir de los datos geoespaciales agregados a OSM, es posible identificar visualmente las brechas y divisiones del espacio basadas en género, concretamente en cómo y por quién se define la distribución de máquinas expendedoras de artículos de higiene menstrual y de preservativos (Figura 2). Esto representa el pulso social de la producción del espacio al localizar determinados productos en lugares asociados a roles sexogenéricos.
La producción de estos datos geográficos, que resulta en cartografías, vale destacar, también forma parte de un proceso social, definido por las subjetividades colectivas e individuales de quienes los producen. Según Fotopoulou (2019), los datos son prácticas cargadas de diferentes dimensiones: afectivas, políticas, culturales y corporales. La creación de datos puede verse como una constelación de experiencias e interacciones de los sentidos, de significados, de infraestructura tecnológica y de sesgos. Cómo los datos son modelados, construidos y visualizados solo refleja las formas en que el poder también se embebe en estas prácticas que median nuevas formas de opresión de los cuerpos. Esta opresión está marcada por lo que Quijano (2000) denomina la colonialidad del poder, una matriz histórica que, pensada desde la espacialidad, organiza los espacios a partir de las jerarquías raciales, de género y de clase. Asimismo, en las prácticas de producción de datos geográficos, a partir de una noción de supuesta objetividad epistémica, puede verse que estas formas de narrar el espacio no son más que una dialéctica determinista tradicional, en la que se materializa la colonialidad basada en el vaciamiento de las experiencias humanas y sociales a partir de una neutralidad simbólica.
Los mapas no se inscriben únicamente al momento de su creación; se construyen mediante prácticas (corporales, sociales, técnicas) y se rehacen cada vez que se utilizan. La cartografía es un proceso de reterritorialización y un constante estado de devenir. Rob Kitchin (2010) afirma que los mapas “no emergen de la misma manera para todas las personas” (p. 9). “Emergen de manera contextualizada a través de una mezcla creativa, reflexiva, juguetona y táctil de prácticas cotidianas, afectadas por los sentidos, experiencias y habilidades de la persona que mapea y aplica los mapas en el mundo (p. 9).
Vanessa Arrúa (2018) también propone entender las dimensiones que atraviesan la creación de los mapas de manera relacional, como una narrativa que busca complementarse a partir de las experiencias; dice que:
Pensar un mapa en términos relacionales nos permite acercarnos a las propiedades de los territorios que son resultado del proceso de relación entre cada una de sus dimensiones. Y, en tanto resultado de relaciones de condiciones particulares, esas propiedades reflejan una única realidad que, a su vez, está en constante movimiento (p. 46).
Sin embargo, existe un déficit de narrativas, término propuesto por Catherine D'Ignazio y Laura Klein (2020) en su libro Data Feminism, que alude a una injusticia epistémica (Fricker, 2007) en la que la posibilidad de narrar una realidad situada desde los márgenes de la norma resulta inaceptable. Desde la noción de conocimientos situados (Haraway, 1988), esta injusticia epistémica se inscribe en las condiciones estructurales de producción del conocimiento geográfico; los datos colaborativos reflejan las posiciones, sesgos y omisiones de quienes los generan. Este tipo de violencia simbólica se materializa espacialmente en la distribución de las máquinas expendedoras, en la incapacidad de acceder a estos lugares y, finalmente, en la imposibilidad de que mujeres y géneros disidentes tomen decisiones sobre su propia salud sexual y reproductiva.
La producción de narrativas espaciales inscribe una normativa que niega la legitimidad de las corporalidades disidentes, lo cual se refleja no solo en la distribución binaria de los espacios, sino también en las prácticas de creación de mapas.
Desde OSM, la creación de etiquetas y características de los equipamientos e infraestructuras disputa significados sobre el territorio. Un análisis de estos datos refleja la disparidad en la disponibilidad de información sobre las máquinas expendedoras de higiene menstrual y de salud sexual reproductiva (Figuras 3 y 4).
El carácter colaborativo de los datos implica reconocer tanto sus potencialidades como sus límites. Las ausencias en el mapa pueden reflejar tanto la falta de infraestructura como las desigualdades en la producción de datos. Lejos de invalidar el análisis, estas ausencias se leen como parte del fenómeno ya ampliamente estudiado: el poder no sólo se manifiesta en lo visible, sino que también lo invisible está definido por estructuras de poder.
Desde una ética feminista del cuidado (Care Collective, 2020), este trabajo se posiciona explícitamente en contra de la individualización y de la vigilancia tanto de las prácticas íntimas como de la distribución de dispositivos de salud sexual, reproductiva y menstrual. Al privilegiar el análisis de infraestructuras y no de sujetos, se busca contribuir a una lectura crítica del espacio público como determinante material del acceso a la intimidad y a los derechos sexuales y reproductivos.
Estrategia metodológica
Para la recolección de datos, se consultaron dos etiquetas específicas del esquema de etiquetado de OSM: vending=condoms y vending=feminine_hygiene. La extracción se realizó a través de la API Overpass; los resultados fueron visualizados en uMap para observar la distribución espacial global de ambos tipos de expendedoras (Figura 3). Se consultó también OSM Taginfo para cuantificar el número de nodos georreferenciados asociados a cada etiqueta (Figuras 4 y 5). La fecha de consulta fue el 8 de enero de 2026. El análisis interpretativo se sustenta en los conceptos de geometrías del poder (Massey, 2005), producción del espacio (Lefebvre, 1991) y déficit de narrativas (D’Ignazio y Klein, 2020), articulados desde un enfoque de geografía feminista crítica. La cobertura de los datos de OSM es desigual y está vinculada a la participación voluntaria de las comunidades de mapeadores/as; las ausencias en el mapa reflejan, en muchos casos, brechas en la producción de datos geográficos colaborativos más que ausencias de infraestructura física.
Patrones espaciales de la intimidad y el cuidado
A continuación se presentan los patrones identificados a partir del análisis de los datos de OSM descritos en la sección metodológica. El análisis de los datos colaborativos revela cuatro patrones espaciales consistentes.
En primer lugar, se observa una distribución fuertemente generizada de la infraestructura de cuidado: los preservativos se concentran mayoritariamente en baños clasificados como masculinos, mientras que los productos de higiene menstrual aparecen casi exclusivamente en baños clasificados como femeninos. Esta segmentación reproduce un binarismo de género que organiza el cuidado desde una lógica excluyente.
En segundo lugar, los baños gender-neutral rara vez albergan ambos tipos de insumos. Si bien estos espacios emergen como dispositivos de inclusión simbólica, su infraestructura material reproduce una lógica de escasez de cuidado, lo que da lugar a espacios formalmente inclusivos pero materialmente desprovistos.
En tercer lugar, estos patrones se repiten en distintos contextos urbanos y nacionales, lo que sugiere que no se trata de excepciones locales, sino de una lógica infraestructural más amplia. La recurrencia de estas configuraciones permite leer la organización espacial de la intimidad como parte de un orden urbano que jerarquiza cuerpos y necesidades de manera sistemática. Estas configuraciones presentan, no obstante, variaciones según el contexto; en ciudades con políticas activas de inclusión de género, la distribución de insumos de cuidado en baños de género neutro tiende a ser más equitativa. Comunidades de mapeo como Geochicas[2] han desarrollado iniciativas explícitas para visibilizar y corregir los sesgos de género en la producción de datos geográficos colaborativos; estas prácticas señalan que las propias plataformas son también espacios de disputa.
En cuarto lugar, la distribución de cambiadores de pañales en OSM, etiquetados como changing_table=yes sobre el nodo amenity=toilets, muestra un patrón análogo: su presencia se concentra mayoritariamente en baños clasificados como femeninos. Esta distribución materializa la asunción de que el cuidado infantil es responsabilidad exclusiva de las mujeres y reproduce, en el espacio, la organización generizada del trabajo reproductivo no remunerado (Federici, 2013; Care Collective, 2020). Los cambiadores ilustran, junto a los patrones anteriores, la misma lógica infraestructural que asigna responsabilidades de cuidado a cuerpos feminizados.
Conclusión
Cartografiar la distribución de máquinas expendedoras de condones y de dispositivos de salud menstrual en diferentes tipos de equipamiento no es un simple ejercicio descriptivo y neutral; es más bien una forma de entender la intimidad y su asociación con la identidad de quienes hacen uso del espacio. Es hacer visibles esas geometrías del poder que organizan cuáles son los cuerpos aptos para cuidarse, dónde y bajo qué condiciones; al mismo tiempo que entender quién define estas lógicas de poder sobre la otredad.
Cuestiones como los baños, que podrían considerarse infraestructura menor y cotidiana dentro del gran esquema de una ciudad, sin embargo, dan cuenta de la reproducción de jerarquías, exclusiones y prácticas de colonización corporal. Analizar los datos de estos espacios ha demostrado la necesidad imperiosa de una redistribución espacial más justa y nos obliga a repensar cómo se configuran los accesos a nuestros derechos sexuales, reproductivos y menstruales. Estos datos, su producción y su utilización no son representaciones neutras, sino que son experienciales. Una unidad básica de información puede cargarse de tanto sesgo como de prejuicio, especialmente los datos abiertos que se reflejan en OpenStreetMap.
En lugar de centrarse en experiencias individuales de exclusión, el análisis pone el foco en las condiciones estructurales que organizan el acceso a derechos en el espacio público, revelando que el cuidado no está distribuido de manera equitativa, sino regulado espacialmente a través de dispositivos arquitectónicos y estructurales. En este marco, los baños públicos pueden leerse como heterotopías en las que se superponen control y cuidado, visibilidad e invisibilización, inclusión simbólica y exclusión material (Rago, 2006; Augé, 1993). No se trata de espacios marginales al orden urbano, sino de nodos donde ese orden se condensa y se vuelve tangible. La ausencia o segregación de insumos de cuidado no constituye, entonces, un fallo accidental de diseño o de planificación, sino una expresión material y coherente de un régimen espacial excluyente. La infraestructura del espacio no es un actor secundario adyacente a las prácticas y relaciones sociales preexistentes, sino que las (re)produce, las limita y las normaliza. Así, los cuidados y el acceso a derechos, lejos de estar insertos en un ámbito meramente privado, emergen como un campo gobernado por la distribución del espacio.
Los propios sistemas analizados albergan también prácticas de resistencia y reformulación. Comunidades de mapeo feministas como Geochicas, surgidas para disputar los sesgos de género en la producción de datos geográficos colaborativos, señalan que plataformas como OSM son también terrenos de contracartografía y contradiscurso. La presencia de estas prácticas complejiza el diagnóstico estructural propuesto en este artículo e introduce la dimensión de la agencia colectiva como parte del análisis de los sistemas de datos geográficos. Mapear estos espacios y analizar cómo están constituidos, nos permite politizar aquello, como la división espacial a partir del género, que ha sido históricamente naturalizado bajo la consigna binaria del sexo y el biologicismo de los cuerpos. El análisis de estos espacios desde el feminismo permite recuperar los sentidos que han sido despojados de estos lugares. Hacer visibles estas tramas no garantiza su transformación, pero sí constituye una condición necesaria para disputar ciudades donde la intimidad y el cuidado no sean privilegios espacialmente asignados, sino derechos efectivamente compartidos entre todas las personas.
Author Information
Selene Yang Rappaccioli, Ph.D., is a queer feminist activist and social communication researcher from Central America. She holds a doctorate from the National University of La Plata. Her work explores the intersection of gender, digital technologies, and open knowledge practices. She has been a research fellow at institutions such as Stanford University, Freie Universität Berlin, and the National Autonomous University of Mexico. She participates in international academic networks such as Tierra Común and fAIr Network. Her academic production and interdisciplinary collaborations aim to rethink data systems and cartography from feminist and decolonial perspectives. As a co-founder of Geochicas, she has led feminist mapping projects globally that explore the intersections of gender, territory, and technology.
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Notes
i Universidad Nacional de la Plata. Member of Feminist Collective Geochicas. Corresponding author. Contact information: [email protected]